Artículo de Estrella Martín Francisco para la sección "Personas que cuentan".
Lleva el Caribe natal en su mirada risueña y su espontaneidad, aunque salió de República Dominicana en el año 1990. La mayor parte del tiempo que lleva en España, ha vivido en Sepúlveda, junto a su marido Basilio y su familia, trabajando de forma incansable en limpieza y hostelería, realizando un trabajo callado pero necesario.
Entrar en su casa en sentir una mezcla de culturas y naciones, de sentimientos y sentidos, de sabores y colores. Por eso las banderas de los dos países y las fotografías de las Vírgenes de El Rosario y de la Alta Gracia ocupan un sitio preferente en el salón.
Mirando a Mila se nos vienen al pensamiento unas cuantas personas de otros países que hicieron de nuestro pueblo su hogar, realizando un trabajo importante, difícil de ver, pero que consigue que Sepúlveda siga viva. En el camino, han sacrificado países que quedaron lejos e historias familiares duras, países cuya realidad no tiene nada que ver con la imagen idílica de playas paradisiacas y vacaciones de ensueño. Nos dice que en su país la pobreza y la delincuencia han obligado a muchos a emigrar, como a ella misma.
Sus padres eran agricultores y desde niña supo de la dureza del trabajo en el campo. “Te levantabas muy tempranito y te ibas al campo con el borriquillo. Nosotros cultivábamos de todo: pimientos, cebollas, tomates…Pero mis padres no tenían la tierra, era arrendada”.
No describe su historia personal, las largas jornadas ni los esfuerzos por sobrevivir. “Yo tenía tres chicos y estaba sola, pensando cómo sacarles adelante”.
¿Cómo decidiste venir a España?
Estuve lavando con una señora, que tenía una hermana que estaba en España. Me dijo que si quería venir y le dije: “¿Se está burlando de mí?”. Pero me fui con ella a su casa de Valladolid.
Era 1990. Yo tenía 25 años, era joven y loca, pero estuve poco tiempo con ella, creo que no llegué al año, porque conocí a Basilio.
No menciona el intento de esa mujer de separarla de su enamorado enviándola a Orense ni cómo él fue allí dos veces y le ofreció ir a cuidar a su madre a Segovia porque la tenían que operar de cataratas. Poco a poco, se fueron conociendo y, los quince años de diferencia de edad entre ellos, no fueron obstáculo para establecer una relación sólida. “Él trabajaba en el Ayuntamiento de Sepúlveda e iba y venía todos los días desde Segovia”. Al final, deciden alquilar una casa en El Villar, el pueblo natal de Basilio. “Yo no tenía papeles y no podía trabajar, pero allí hacía manualidades, aprendí a jugar al cinquillo y hablaba con la gente”. Hasta que llega un día importante en sus vidas: la boda en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario. Mila sonríe, se ríe al recordar ese día que está siempre a la vista en una foto. Pasó poco tiempo para que fueran a vivir a Sepúlveda. Allí pudo trabajar haciéndose cargo de personas mayores e iba a casas particulares a limpiar por horas. “Cuidé a los padres de Lola, hasta que se murieron. Te da mucha pena porque les tienes cariño. Yo les contaba muchas historias para que se rieran. Luego cuidé a más. Me gustaba cuidarles, pero tuve que pasarme a la hostelería porque no había a quien cuidar. Tolín me ofreció un contrato con horario de 11 a 5 y noches el fin de semana. Desde entonces estoy trabajando allí porque yo quería tener las tardes libres para cuidar a mis nietos. Aquí estábamos de locos. Teníamos niños de 10, 9 y 5 años. Se integraron bien, pero luego se los mandé a su padre a Estados Unidos”.
¿Qué problemas te encontraste en España?
El frío, era imposible, hasta que te haces. Se me hacía difícil ir a comprar y pedir porque, aunque hablemos el mismo idioma, no es igual. Basilio me decía: “Tienes que ir para aprender”. Me resultaba todo raro, pero me acogieron y fui integrándome.
¿Qué te chocaba más?
Las comidas, aquí no había las frutas que tenemos allí. Me gustan mucho los ríos y las procesiones que allí no tenemos. También que en mi país la gente es muy amable y utiliza mucho la palabra cariño y “Amol”.- Nos dice riendo.
¿Qué te costó más?
Hacer la paella y todavía me cuesta. Pregunté a mi cuñada. Lo que mejor se me da es el cocido. Allí en vez de con garbanzos se hace con yuca……
¿A qué familiares has traído además de a tus nietos?
De mi país me traje a mi hermano pequeño, que vino con un contrato a trabajar de albañil a Grajera, a mi madre que no le gustó y se fue y a un cuñado.
¿Vas de vacaciones?
Sí, iba todos los años en enero a ver a mi madre, ahora voy menos porque ya no está y este año he ido a Estados Unidos a conocer a mi bisnieto.
¿Qué sientes cuando vas a tu país?
Es duro porque la mayoría se han ido por la pobreza y la delincuencia y los jóvenes no quieren trabajar el campo, que está virgen, quieren algo fácil.
¿Qué consejos darías a los que quieren venir?
Me ha preguntado mucha gente, pero tienes que tener familia aquí. No es fácil venir y la vida es complicada.
Seguramente piensa en las dificultades que ella misma tuvo, en todos los cambios que tuvo que afrontar, en la dureza de los kilómetros y la ausencia de la familia, en empezar de cero en un lugar desconocido que tendrás que sentir como propio.
Mila está acostumbrada a trabajar: hace su horario y todavía tiene tiempo para hacer horas y limpiar en su casa. “Ya tengo 60 años. Si no tuviera que ayudar a mi hija, no trabajaría”. Pero no pierde la sonrisa. Ella ya no se plantea volver, ahora ha construido una vida nueva aquí, pero sigue teniendo alma dominicana y sabores de su tierra metidos muy dentro, que ocupan su lugar en la alimentación de su casa. “Me gustan los Gandules de allí, que compro en tiendas latinas y que se hacen con arroz y leche de coco”. Ha normalizado la mezcla de culturas en su día a día. Atrás queda su llegada a Sepúlveda donde abrió paso a otras emigrantes latinas que vinieron a trabajar y a llenar Sepúlveda de otra forma de ser y vivir.
Estrella Martín Francisco
