Miércoles, 12 Agosto 2026

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Andrés Benito de Pablo, un zapatero trompetista

Artículo de Estrella Martín Francisco para la sección "Personas que cuentan".

Próximo a cumplir noventa y cinco años, se muestra lúcido y sin faltar a su cita con Sepúlveda. Su carácter festivo necesita de este pueblo en el que aprendió solfeo, a tocar la trompeta y el oficio de zapatero (ya prácticamente perdido) de manos de su padre. Trabajador incansable, tuvo que ganarse la vida en Madrid donde enseñó a jóvenes sepulvedanos a seguir con una de las señas de identidad de la villa: la tradición musical.

Hay personas que cuentan en Sepúlveda porque tuvieron que marcharse, aunque nunca se fueron. Andrés tuvo que dejar su pueblo y, en la distancia, siempre recorría las calles del lugar donde nació. Su vida ha estado marcada por el trabajo y el emprendimiento. Conserva un porte elegante, algo presumido (según él), y se muestra discreto para no destapar su intimidad. Nos dice que han sido once hermanos, pero que él solo ha conocido a cuatro porque antes se morían muchos niños sin nacer o cuando eran pequeños. Su padre tenía que hacer de todo: era zapatero, hortelano y tocaba la trompeta. De ahí le vino a él la afición.

¿Cómo recuerdas tu infancia y tu adolescencia en Sepúlveda?

Fue bonita porque empecé muy jovencito con la trompeta y no se me dio mal. El solfeo me lo enseñó mi hermano Alfonso porque le enseñó mi padre, antiguamente había muchos músicos en Sepúlveda. Cuando yo tenía ocho o nueve años era repartidor de telégrafos. Iba al Auxilio Social (que estaba donde está ahora el museo de Lope Tablada) donde nos daba de comer a los que no teníamos posibles. La cocinera se llamaba Elena, una señora fantástica, muy buena. Nos daban casi siempre potaje. En la misma mesa siempre estábamos: Andrés Amadeo Gila (dos años más que yo), Fermín (que su padre era barbero), y un Pata que vivía en Santa Cruz.

De la guerra me queda el recuerdo de la muerte de mi madre y que ese año no hubo Toros.

¿Dónde haces la mili y qué haces cuando la terminas?

Antes se sorteaba para ir a la mili, pero yo me fui voluntario a África porque no tenía dinero. Allí había muy buenos zapateros gallegos. Yo me creía muy bueno, pero vi que ellos lo eran más. Hubo oposiciones a maestro zapatero y las gané yo. Sabía bien el oficio porque me lo enseñó mi padre: empezaba con la horma y terminaba aparando, que era unir las piezas de los zapatos y coserlos a máquina

Cuando volví, un primo carnal de mi padre me propuso poner un negocio a medias. Él me dio 15000 pesetas que yo empleé para hacer zapatos. Intenté venderlos en un puesto en el mercado de Cantalejo, que era una plaza muy dura. Lo que yo llevaba era mejor que lo que había, pero tuve que bajar el precio para venderlo…y les di a mi primo y su mujer todo el fruto de un año de trabajo. Quisieron que me estableciera por mi cuenta en Aranda, pero no quise.

¿Por qué decides irte a Madrid?

Porque trabajo en casa con mi padre, pero éramos tres y no daba para todos. Estuve trabajando cargando piedra en la carretera de El Olmo y ganaba cincuenta pesetas a la semana. Me fui a Madrid porque allí estaba Teodora, una hermana mía, que trabajaba con Santiago Morán, que era pescadero. Mi primer trabajo fue cargar y descargar pescado. Gracias a él pude comer hasta que me posicioné. Me salió un tallercito de zapatería que me costó 3000 pesetas en un portal. Él me dejó el dinero, y se lo pagué en tres meses. Me iba bien. Trabajaba mucho, hasta 18 horas, a veces hasta me quedaba dormido. Los botones del Palace y Ritz me llevaban trabajo y les daba una propinilla. Los hoteles cogían temporeros, pero luego los echaban y yo les daba de comer. Me comprometí con el dueño de una casa de comidas que le diera a un gallego llamado José dos platos de judías por cincuenta céntimos.

Con su trompeta salía a reforzar la música en la calle. Un día, estando en la Plaza de Toros se le acercó un muchacho que no dejaba de mirarle.

“¿Usted no es el zapatero de la Costanilla de los Desamparados?¿No se acuerda de mí? Si no es por usted, me muero de hambre”. Era José, el chico que Andrés mantuvo cuando se quedó sin trabajo en el Palace. Pero él no daba abasto en la zapatería. Le salió un trabajo para cargar y descargar bombonas de butano siete horas al día. “Era duro, pero más lo era estar dieciocho horas debajo de una escalera”. Y dejó su oficio.

¿Cómo empiezas a enseñar música a los de Sepúlveda en Madrid?

José Manuel, el del Túnel, me dijo que por qué no enseñaba a sus hijos y a los hijos de su hermana Dolores. Yo iba a enseñarles solfeo y algún instrumento como trompeta, clarinete o trombón a Doctor Santero. También vinieron Pocholo y Bicho Malo. Juan Manuel “El Carbonero”, era ya entonces mejor músico que los que yo hice. Su abuelo era Serapio, el mejor músico de por aquí. Cuando él enseñaba a tocar la trompeta, decía que había que tocarla como Andrés Calzaderas, “tocar de din”. Lo que yo entiendo musicalmente era tocar con golpes de lengua finitos; lo que él quisiera demostrar con esa palabra, ya no lo sé. Mis alumnos me hicieron un homenaje y me regalaron un reloj chapado en oro que me gustó muchísimo.

¿Seguías viniendo aquí?

Me propusieron venir a Sepúlveda y hacer la banda, pero tenía que venir todos los sábados. Yo no tenía coche y no podía comprometerme. Pero sí venía en los veranos y me traía a la mujer y los niños.

¿Qué es lo que más te gusta de Sepúlveda y por qué sigues viniendo?

Vengo porque es muy bonito, de los pueblos más bonitos de España. Me gusta Sepúlveda porque yo tengo un carácter que parece que necesito mi pueblo para demostrarlo. Y lo demostré en la fiesta que hizo la Peña Septempul para celebrar sus cincuenta años. Me lo pasé fenomenal y no paré de bailar. Había comida para hincharse, pero no la caté; solo bebí y bailé. Siempre he sido muy decidido para presentarme a cualquiera y las mujeres y el baile me gustan.

Aunque ya ha dejado de tocar la trompeta, en su casa dice tener un arsenal de música y sigue tocando el piano, la flauta o la guitarra. Sepúlveda le debe, en parte, ser el continuador de esa música en la calle, de poner su granito de arena para que surgieran jóvenes interesados en formar bandas y charangas y el haber resucitado jotas y cantos populares que tiene recogidos en una libreta.

Durante muchos años, se ha hecho de forma incansable el recorrido de las peñas, el primer día de fiestas, repartiendo trozos de tortas dulces entre los asistentes, con generosidad y una sonrisa. Este año seguro que lo ha echado de menos, pero ya la edad no le permite subir y bajar trotando las empinadas cuestas. También seguramente echará de menos su pueblo desde Madrid, junto a su mujer, de la que se enamoró hace muchos años y con la que ha compartido una vida y muchos momentos en su pueblo.

Estrella Martín Francisco