Miércoles, 12 Agosto 2026

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Antonino Antón Trapero: una mano artística y solidaria

Artículo de Estrella Martín Francisco para la sección "Personas que cuentan".

Llama la atención su talante agradable, su sonrisa y esa mirada vivamente inquieta. Luego, aprendes de su vida en la que se atrevía con todo lo que consideraba que podía hacer. Apasionado del dibujo, ha sido delineante proyectista, contable, calígrafo, ebanista…y siempre una mano dispuesta para ayudar, especialmente a las cofradías sepulvedanas.

Toni nace en Madrid, el quinto de cinco hermanas. Curiosamente todos volvieron a su sitio de origen porque su madre era molinera en Sepúlveda, la menor de 11 hermanos, y con dieciséis se fue a la capital a servir. Su padre, también sepulvedano, de familia de agricultores, fue a hacer la mili a Madrid donde estuvo de “mozo de comedor” de un mando que, al terminar el servicio militar, le ayudó a entrar en la Compañía Madrileña de Tranvías en la que estuvo hasta su jubilación.

Guarda imágenes de un niño de postguerra: racionamiento del pan, comida escasa en la que no se tiraba ni las cáscaras de patatas, las cestas que mandaba la abuela a veces con un conejo vivo, el pago del fielato, la gente que cogía colillas para vender el poco tabaco que sacaban de ellas, el estraperlo para conseguir un chusco de pan, la ayuda americana…Escenas que tiene grabadas y que quizá hicieron de él un niño con ojos despiertos, atento a todas las oportunidades que le dio la vida.

¿Venías a Sepúlveda?

De niño venía a casa de mi abuela. Me movía por todos los sitios y me encantaba venir. Guardo muy buenos recuerdos, uno que no se me olvidará era el arcón grande que había nada más subir la escalera, lleno de hogazas de canto, aceite, lorzas de tocino... ¡Levantar aquello y cogerme tocino!… Son cosas que no se me olvidan.

¿Estudiaste en Madrid?

He sido el único de mis hermanas que he estudiado, pero no estudios superiores porque no se podía. Tuve un maestro que me enseñó todo lo que llevaba dentro, pero ya no me podía enseñar más y yo quería aprender un oficio. Me apunté en la Escuela de Artes y Oficios donde había que tener doce años para entrar y yo tenía diez. Hice Dibujo Lineal y me dieron un diploma de un premio que gané de cincuenta pesetas que entonces era un dinero.
Gracias a un cuñado, conseguí una beca de Mecanografía en El Cafeto, donde trabajaba él. Se marchó el botones y yo ocupé su puesto cuando tenía trece años y cambié la beca por una de Contabilidad. Trabajando allí, me pagué una academia para hacer Delineante y Maestría Industrial. Después de cuatro años, estuve en Moto Vespa de Auxiliar administrativo. Hice un curso de Robótica en Barcelona y a partir de ahí pusimos robots para las Vespacar. No pude hacerme informático porque, cuando pusieron Informática, yo estaba en la mili, pero me saqué el carnet de conducir por si me salía algo de reparto para las tardes. También he sido calígrafo en letra gótica alemana unos cuantos años y me llevaba trabajos a casa.

¿De dónde te viene tu afición al dibujo?

La ilusión de mi vida ha sido el dibujo desde muy chiquitillo. Mi madre me mandaba a comprar cincuenta gramos de azúcar que vendían en papel de estraza marrón. Cuando llegaba a casa, estiraba el papel (porque tener el folio en blanco era un lujo) y dibujaba en carboncillo. Una época hice grabados con plumilla.

Te atrevías con todo…

He aprovechado todo lo que he podido y fui ascendiendo hasta llegar a Delineante Proyectista. He proyectado utillaje, maquinaria para toda la fabricación que había que hacer y eso me encantaba.Estuve también trabajando con mi cuñado Paco, que tenía una pequeña empresa de pintura y decoración, y le llevaba los seguros sociales y la contabilidad. Luego abrió tienda de papeles pintados y estuve con él hasta que se jubiló. También llevé la contabilidad a un constructor hasta que cerró y le hacía planos. No me he arrugado ante nada, aunque primero lo miraba mucho y veía si podía hacerlo.

Conoce a su mujer porque era vecina y amiga de su hermana la pequeña. Aunque eran muy jóvenes, no tardaron en casarse y uno de los regalos más preciados que le hizo fue un libro de castillos de España en letra gótica inglesa con tinta blanca sobre papel negro. Tardó unos ocho años en hacerlo, y nos lo muestra orgulloso. “En aquella época me ofrecieron 200.000 pesetas por él”. Una letra que ha trasmitido a sus dos hijos: Alejandro y Cristina.

¿Cuándo decides venir más a Sepúlveda y quedarte?

Nos íbamos de vacaciones y luego veníamos a casa de mi padre unos días en verano. Hasta que los chicos nos dijeron, estando por ahí, que eso era muy bonito pero que donde ellos querían venir era a Sepúlveda.Alquilamos una casa y luego nos surgió comprar esta hace treinta años. Veníamos todos los fines de semana de miércoles a domingo. En la pandemia nos vinimos el primer día que abrieron y ya no hemos vuelto a dormir en Madrid.

Háblanos de lo que haces aquí, como la restauración de muchas varas de las cofradías.

La madera siempre me ha gustado muchísimo. Tuve una experiencia muy amarga de niño pues, cuando no quería estudiar, mi padre me colocó con un amigo que tenía una carpintería. Me dijo que me podía enseñar, pero no pagar, aunque solo me daba clavos para enderezar. Aguanté mes y medio.

Estando con mi cuñado Paco, yo veía cómo se hacía goma laca, dorado... Todo esto de madera en la casa lo he hecho yo, y los muebles. Me ha servido mucho la Delineación, saber de medidas y ajustar.

En la cofradía de San Marcos surgió que se habían roto unas varas y les hice todas y a partir de ahí empezó a correr la voz, e hice a las otras cofradías. He hecho restauraciones de todo tipo: marcos, peanas, belenes, el altar de la ermita…Yo siempre digo: “Lo voy a intentar”.

Sigue conservando esa mirada de niño despierto que se interesa por todo, de ese joven que disfrutó jugando al balonmano, haciendo un trabajo creativo que le gustaba y dibujando en el aire mil proyectos, aunque ahora su vida es más tranquila, siempre está dispuesto a echar una mano y disfruta leyendo novelas policiacas.

Estrella Martín Francisco