La Sotera y Paulino

Hoy os presentamos un artículo de Estrella Martín Francisco, que se ha publicado en septiembre de 2022 en el periódico comarcal "El Nordeste de Segovia" y que como tantos otros, estamos recuperando para la sección de esta Web: "Personajes de Sepúlveda". En esta ocasión os presentamos a Sotera Barahona y Paulino Francisco.

Hay personas unidas a establecimientos que son conocidos y valorados en toda la comarca, como puntos de referencia claros. Provocan una sonrisa al nombrarlos, quizá porque llegan con recuerdos de celebraciones, especialmente bodas, encuentros de amigos, empanadillas y antiguamente de tajadas de bacalao rebozado o asadurilla en chafaina; tienen el sabor antiguo a chatos de vino o a charlas en una barra que siempre acoge y escucha, barras que son mitad confesionario mitad fiesta. Son bares que pertenecen a la Historia cotidiana de los pueblos y a sus gentes. “Casa Paulino”, en Sepúlveda, es uno de ellos y nació gracias a una pareja trabajadora y entusiasta que luchó por dar servicio y buenos momentos a sus vecinos.

Sotera Barahona nació en Turrubuelo, un pequeño pueblo próximo a Boceguillas. Sus padres tenían 9 hijos, tierras y vacas que no daban para mantenerlos así que enseguida les pusieron a trabajar. A la fuerza tuvo que ser una niña muy espabilada porque, según cuenta, con 7 años la mandaron sus padres a Madrid a cuidar de unos niños y luego se quedó sirviendo en esa casa. Después acabó en Sepúlveda de cocinera en casa de un secretario de la Diputación de Segovia y de allí salió para casarse. Nunca fue a la escuela, pero se las ingenió para aprender a leer y escribir y memorizar poesías e historias que contaría a sus hijos y, más tarde, a sus nietos.

Paulino Francisco nació en Sebúlcor, su madre tenía cinco hijos cuando enviudó. Se casó de nuevo con Román Ayuso, un hombre soltero que era esterero, tenía viñas y hacía vino de “churrela”, que vendía en una taberna de la calle Barbacana en Sepúlveda. Paulino le ayudaba en todo y también aprendió, en sus ratos libres, a hacer serones, espuertas y soplillos para avivar el fuego con cuerdas de esparto.

Paulino y Sotera se casaron en enero de 1929 y abrieron una taberna en la calle del Hospital a la que llamaron “La Ideal Casa Paulino” donde él seguía trabajando con lías de esparto y Sotera haciendo tajadas de bacalao, que vendían con porroncillos de vino clarete de ribera a 15 céntimos. Era un equipo perfecto y conjuntado, cada uno en su terreno. Sotera era fuere ce carácter aunque de buen corazón y Paulino afable y cariñoso. Pronto su pequeño negocio cobró fama y sacaron una cancioncita muy popular:

Si vas a Casa Paulino,
Bebe vino de ribera.
Si no te lo da Paulino,
te lo dará la Sotera.

Llegaron los “cubiertos”, antiguos menús, al precio de 2,50 pesetas, gratis para “los dos alojados” que solían tener.

La guerra fue una etapa difícil en la vida de la pareja que vieron transformarse las Escuelas en Hospital de Sangre. Sotera vio cómo la requisaban la máquina de coser para hacer capotes para los militares y sábanas para los hospitales. El cuartel General tenía su sede en la Casa del Conde. En la villa estaba la 74 División de Infantería y la Comandancia Militar. Los soldados se alojaban en el teatro, algunos graneros y barracones en el Campo de la Virgen. Sotera, con la valentía que la caracterizaba, se presentaba en el Hospital Militar alguna vez a coser en “su” máquina. Paulino tenía que subir a una caseta que había en El Salvador para ver, con unos prismáticos, por dónde iba la aviación y tocar el zanganillo señal para que la población acudiera a las cuevas de las casas más grandes que eran los refugios. Por entonces, ya tenían niños que ayudaban en el negocio como podían.

Seguían atreviéndose con todo. Sotera, con la señora Luisa, fueron a Roblegordo a dar una comida a más de 100 personas: soldado, generales y algún ministro. No se atrevieron a ir ni de Segovia, ni de Aranda ni de Burgos. La comida fue en la boca del túnel por si venía la aviación.

Cuando terminó la guerra, el casino de la Barbacana, que frecuentaban los militares, cerró y se lo ofrecieron a Paulino que lo convirtió en la actual “Casa Paulino”. Al principio entraba poca gente: los de los pueblos de alrededor porque lo veían muy elegante y los de Sepúlveda no terminaban de acogerles. Pero Paulino no se daba por vencido.

- Aguantar y servir-.Les decía a su mujer e hijos.

Todo estaba racionado y tenían que ir a Segovia a por vales para el café, azúcar, aceite…productos necesarios para su restaurante, bar y fonda donde tenían hasta 60 huéspedes diarios.

Hacían bodas, bautizos, cantamisas…, prepararon homenajes al doctor Hernando y sirvieron un vino en Riaza para más de 100 personas cuando salió el número 100 de la Revista Ama.

Sotera se levantaba muchas noches de madrugada para dar de comer a algún viajante. A las 7 de la mañana ya daban cafés a los viajeros del coche de línea. “Con esto tenemos para la leche de todo el día”, decía Paulino. Se alojaban cuadrillas de la Eléctrica Segoviana a aponer luz en los pueblos y les hacían comida para llevarse.

Ocurría lo mismo con los grupos de cazadores. Se hicieron una clientela fiel por sus productos de calidad y buen hacer.

Entre tanto trabajo, sin festivos ni vacaciones, tenían tiempo para cuidar de sus vecinos necesitados: dando productos que no se conseguían a enfermos o echando una mano en lo que podían; sin descuidar clases particulares a sus hijos aunque fueran imprescindibles para el negocio.

Sotera disfrutaba con las cartas en sus pocos ratos libres. Le brillaban los ojos cuando les decía a sus compañeras.

-¡Echa brisca!

A Paulino le gustaba bromear con sus nietos:

- ¡Mirad, un burro volando!

- - ¿Dónde, abuelo?

No sé si imaginaron que su establecimiento llegaría al siglo XXI y tendría una de las barras de pinchos con más prestigio de Sepúlveda, entre los que destacaban las gildas y empanadillas. No vieron cómo sus barandillas, protagonista en los encierros, vivirían momentos de pánico cuando un toro se volvió y cedieron causando caídas y muchos heridos. Pero, sobre todo, siendo la crónica continuada de momentos compartidos en alegría, y de añoranza desde Madrid.

Barandilla de Paulino,
cuando el encierro pasaba;
barandilla de Paulino,
yo en Madrid te suspiraba.

* Esta historia ha podido ser escrita gracias a la hija mayor de los protagonistas, Mary Francisco 

 

Artículo escrito por Estrella Martín Francisco para El Nordeste de Segovia, septiembre de 2022

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