Miércoles, 12 Agosto 2026

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Fermín García Cristóbal, apagar incendios con intensa serenidad

Artículo de Estrella Martín Francisco para la sección "Personas que cuentan".

De rostro apacible, carácter bromista pero exquisitamente educado, ha vivido sus 62 años con intensidad. Sus trabajos han sido variados: desde torero a taxista, pasando por conductor de ambulancias, de coches fúnebres o bombero forestal; sin olvidar su papel como voluntario en Protección Civil de Sepúlveda.

Quedamos con él en Boceguillas en el local destinado a Protección Civil donde, junto a su compañero Miguel, trabajan como fijos discontinuos. Ha sido un verano intenso de incendios y reivindicaciones de estos profesionales tan necesarios.

 ¿En qué consiste vuestro trabajo y el tuyo en particular?

Estamos pendientes de si hay que salir porque es primordial el pronto ataque que hace que nosotros con una motobomba lo apaguemos rápido. Mientras mantenemos las estructuras y los caminos libres para poder pasar con los vehículos. ¿Has oído la frase: “Tienes ideas de bombero loco”? Tenemos que tener la capacidad de solventar problemas de manera rápida e impensable. Es muy importante el tema de la formación porque te ayuda a poner en práctica esas ideas.

De momento, yo solo soy conductor de motobomba, oficial de primera y maquinista. Es un título rimbombante que nos ponen. Deberíamos ser bomberos forestales y hacernos fijos, pero eso conlleva un aumento en el gasto.

¿Por qué este año ha habido tantos incendios, tan virulentos y tan difíciles de apagar y cuántos habéis tenido?

Si nada más producirse el incendio le ahogas, no crece; si crece, no hay quien lo pare. Este año ha sido de muchísima agua en invierno y primavera, mucha carga de combustible rápido. El monte no se trabaja como antes ni se limpia, el ganado está estabulado y los pueblos están envejecidos.

Aquí hemos hecho unas 15 salidas que afortunadamente, gracias al pronto ataque, no han sido grandes incendios; el más grave el del Pico el Lobo. Pero hemos estado en Salamanca, Zamora, León y Ávila.

Nos cuenta los momentos más duros vividos, como no saber dónde está un compañero en medio de las llamas o las situaciones vividas en un verano donde parecía que todo ardía.

De que estés aquí, tiene un poco la culpa tu etapa como voluntario en Protección Civil de Sepúlveda.

Cuando yo empecé a trabajar con la ambulancia, había un grupo de bomberos voluntarios en Sepúlveda: el Virgi, El Choto, Tarrina... Fueron a un incendio a Santa Marta del Cerro y yo fui con la ambulancia. Allí vi las carencias: no había formación, se trabajaba con monos, sin protección, el camión motobomba no lo llevaba alguien que lo conocía, y se ponían en peligro. A punto estuvo la presión del agua de tirarles al fuego. Entonces me metí en el grupo de voluntarios y decidí tomar cartas en el asunto. Fui a los bomberos de Segovia y a Protección Civil de Alcorcón, por medio de Chiquitín, donde nos dieron la primera equipación “profesional” que tuvimos y formación para todos. A partir de ahí, la Junta y Diputación empezaron a buscarnos cursos específicos. También peleábamos porque se hiciera un parque profesional en la zona y se ha hecho el de Boceguillas, aunque no funcionará hasta el dos de enero.

Vamos retrocediendo y entremezclando su vida familiar y laboral. El quinto de seis hermanos, recuerda el piso de Segovia de tan solo 40m2 donde se acoplaban ocho personas y animales de todo tipo. Sonríe al recordar el juego “a por debajo la mesa”: todos subidos en la mesa menos uno que, desde abajo, tenía que coger a uno e identificarle y entonces cambiaban los puestos. Era divertido, pero nada comparable a la vida en Sepúlveda llena de libertad de jugar en la calle, sentirse mayores y formar parte de una peña con tan solo doce años.

Con catorce, comenzó a trabajar en el Hotel Acueducto de Segovia. Allí conoce a Los Príncipes del Toreo, novilleros de su edad por los que sentía admiración. Le entra un poco el gusanillo de esa afición que ya heredó de su padre que le llevaba a los encierros en las fiestas de Sepúlveda. Dice que fue determinante en su vocación el haber nacido en Sepúlveda y un siete de julio.  En su pueblo, ya con dieciséis años, vio la oportunidad de hacerse notar ante las chicas al quitar a la vaca de uno que estaba tirado en el suelo. Lo vio muy fácil. “Empiezo a oír aplausos y me tapé con el capote porque sentí vergüenza”. Siguió con su trabajo y sus vacaciones en Sepúlveda donde iba el primer día andando con su hatillo al hombro y su capote. A las doce de la noche llegaba a La Violeta y se tomaba una Fanta de limón y azúcar. Luego vino la mili y la escuela taurina.

¿Te dedicaste luego profesionalmente al toreo?

Sí, estuve seis años toreando. Un año haciendo la parte seria en un espectáculo cómico, aunque a veces hacía la cómica vestido de Espinete. En total, veintidós festejos. Luego empecé novilladas sin picadores. Toreé el picado de Sepúlveda en el 89 y lo dejé porque no tenía contratos y no te daba para vivir. Como iba de sobresaliente con un picador, me ofreció quedarme con una ambulancia y funeraria para la zona de Sepúlveda. Tengo muchas anécdotas como cuando se metió una piedrecita en la sirena de la ambulancia y no funcionaba. Había mucho lío en el Azoguejo y llevaba una urgencia, así que me puse a hacer la sirena con la boca para que me abrieran paso.

Dejé la ambulancia porque surgió la plaza de taxista de Felipe Pulga y porque en un año con la ambulancia me hice 300.000 kilómetros (1000 kilómetros por día). Ahí sí que no tenía vida.

El mundo del toro también le brindó la oportunidad de dedicarse al taxi. En un tentadero conoce al maestro Domingo Ortega. Le oye decir que se ha quedado sin chófer y él, con un carnet de un mes de antigüedad, se brinda a hacerle la suplencia de siete meses. ”Si usted se atreve, yo me atrevo”, le dijo. Como taxista lleva ya treinta y cinco años, compaginándolo con su trabajo forestal, y muchísimas anécdotas, en las que no falta su lado solidario.

¿Cómo te puedes organizar tu vida personal con este cacao de horarios?

No hay vida personal. Ahora me lo voy tomando con más tranquilidad y hay que coger un día para ir a ver al nieto.

Se le escapa una sonrisa de orgulloso abuelo primerizo y la satisfacción de haber formado una familia que inició con Keka cuando ella tenía quince años y él veintidós. Incluso viéndola en la distancia por primera vez, sintió que con ella quería compartir su vida.

“Charly 3 empezó sin novedad. Estamos Fermín y Miguel”. Aunque no se le acaban los temas, y da gusto escucharle, solo nos queda tiempo para compartir unas pastas, que amablemente ha traído, y ver el imponente vehículo con capacidad para 5000 litros de agua y 200 de espumógeno. Ojalá tengan una jornada tranquila y logren sus necesarias reivindicaciones.

Estrella Martín Francisco