Miércoles, 12 Agosto 2026

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María Dolores Matesanz García: Fuerza Serrana

Este mes, incorporamos a la sección "Personas que cuentan" este artículo, que Estrella Martín Francisco publicó en El Nordeste de Segovia en noviembre de 2016.

Las mujeres de Prádena tuvieron que ser fuertes por la dureza del clima, las condiciones de vida y porque hacían las mismas tareas que los hombres. Lola no es una excepción: su imagen de niña rompiendo el hielo para lavar o acarreando agua para el establecimiento que regentaban sus padres, no necesitan palabras. Las que oculta detrás de su risa y llenan sus ojos de vivencias duras y toda una vida en la hostelería, sin perder el ritmo de jota de cosecha propia.

Su padre, Julián Matesanz, también natural de Prádena, fue un auténtico emprendedor; fundador del restaurante las 3BBB que, en sus comienzos, fue carnicería, bar, restaurante y fonda. Con su caballo, cruzaba la sierra todas las semanas para ir a la parte de Madrid a vender carne; tenía que salir de noche para volver en el día. Años después, subiría a esa sierra andando a coger poleo o manzanilla con gran ligereza. Gran amante de los toros, Lola recuerda que llegó a torear y se iba a Madrid a ver corridas aunque tuviera que estar fuera tres días. “Tenía un vicio tremendo”.

El pueblo, situado a más de 1100 metros de altitud, ya entonces tenía farmacia, comercios, carpinterías, por lo menos tres molinos (uno entre Pradenilla y Prádena donde tenía Pablo de la Serna su ganado), sastres, modistas, boteros…Los pastores de la trashumancia, recuerda, llegaban a Segovia en trenes y luego iban por la sierra; algunos de Prádena se iban a tierras más cálidas con ellos.

¿Qué imágenes se te han quedado de tu niñez?

“Cuando bajábamos a la fuente en invierno con la carretilla y dos cántaros, luego ya con el borriquillo podíamos llevar cuatro. Con los hielos, las piedras del camino resbalaban, teníamos que subir dos cuestas y un golpecito y …a tomar viento el agua. Como no había agua corriente, teníamos un bidón grande (para catorce cántaros o así) en el segundo piso y había que subir a llenarle así que si alguien se dejaba el grifo abierto, se vaciaba; también en el mostrador del bar se gastaba mucha. ¡Sí que era gorda la del agua!
Para lavar había que romper los hielos muchas veces, pero muchas y no había guantes. Cuando mi hermana y yo nos los pusimos para lavar, nos lo criticaban en el pueblo. Íbamos con la comida y la merienda porque te traías la ropa seca a casa o llevabas el agua que podías y ponías la ropa en casa con jabón y luego la ibas a aclarar al río”.

Los inviernos serían largos y fríos.

“Hacía frío y nevaba mucho, tanto que se hacía un caminito para poder entrar en el bar y ni el coche de línea podía pasar por el pueblo aunque el que llevaba la leche a Madrid, sí. Un día no sé a quién se le ocurrió atar una moneda a un hilo blanco, una peseta, por decirte algo, y la sacaron hasta la calle, como estaba blanco no se veía y, desde el comedor, tiraban del hilo. ¡Cómo se lo pasaban de bien! La mujer del cartero con las dos manos ocupadas de la compra, no sabía a qué atender si a la compra o a la moneda. En la entrada mis padres tenían una estufa de leña y algunos se sentaban a charlar y ponían el vino en la estufa a calentar con jarra y todo”.

¿Qué tipo de gente se alojaba?

“Más bien viajantes. Había dos comercios e iban allí, además de a los bares a vender vino. A alguno le teníamos que ir a esperar al coche con la carretilla y llevar la mercancía a casa de mis padres y al otro día donde el cliente.”

¿Qué preparabais en el bar?

“Caldereta de cordero que hacía mi padre en un caldero los lunes que era día de mercado y, mayormente, por encargo. Venían de Somosierra, la Acebeda y Robregordo por la sierra a comprar y los de los pueblos de al lado como Arcones, Matabuena, Casla, Siguero, Sigueruelo… Iban donde mis padres y te pedían el vino porque llevaban la comida. También dábamos bodas todas con los delantalitos blancos. Servíamos cordero o paella pero cordero siempre, siempre y algún panadero te hacía algún dulce o alguna cosa. Como venían de otros pueblos, llevaban la gaita y el tamboril y a tocar y a bailar en la terraza”.

La madre de Lola hacía el pan en grandes artesas para la semana y el señor Julián mataba un cerdo o dos para hacer chorizos y morcillas, para jamones… “¡Cómo se trabajaba! Pero se podía con todo. Mi padre colgaba el cerdo para deshacerle al día siguiente al lado del bar y los clientes iban y cogían trocitos y, al final, las orejas siempre desaparecían”.

¿Cerrabais algún día el bar?

“No, eso no se llevaba”.

A pesar del trabajo, siempre había tiempo para el baile y la jota que aprendió por su cuenta y la sigue gustando y la merienda con las amigas. “Me acuerdo siempre de ir al salón y también íbamos a bailar andando a las fiestas de Pradenilla. Tenía que ser el domingo y algunos no podía porque tenía que trabajar”. Precisamente en el baile del salón es donde conoció a su marido, Paulino Francisco. Recuerda con claridad que fue a la una de la mañana, ya al terminar. “Luego fue todo rápido: te escriben y te llaman por teléfono. Mis padres en seguida pusieron el teléfono y me escribió poco. Todos los domingos alquilaba coche para ir a verme pero nos casamos enseguida”.

Seguiste en la hostelería pero en Sepúlveda: primero en “Casa Paulino” y ahora en “La Cocina de Paulino. ¿Qué cambios notaste?

“Que era más este negocio que el mío: más gente, más preparación; tuve que aprender todo y antes nadie salía a aprender, era todo más creativo. ¡Es todo tan diferente! Teníamos que escribir desde que empezamos a hacer las cosas. Por ejemplo, antes los espárragos eran un manjar, ahora ni se piden”.

Te quedaste viuda joven y con tres hijos. En esos momentos, ¿te ayudó a seguir la raza serrana?

“Tienes que echar arte y trabajar lo que sea. Fue muy duro porque murió de una enfermedad tela marinera. Es para pasarlo porque tenía que hacer unas curas que hasta te da no sé qué contarlo y ponerle, como mínimo, una inyección diaria. Me enseñaron en una almohadita. ¡Maja luego para ponerlas! Tienes los hijos, el trabajo y lo haces todo; no te da tiempo a pensar porque lo tienes todo tan seguido…”

¿Tienes aficiones ahora?

“Donde esté el paseo que se quite todo y por las noches tengo que leer algo antes de dormir. Costura como que no, ¿para qué?”

Con 76 años Lola sonríe y dice frases espontáneas que ocultan etapas de fortaleza inquebrantable. Se queda con la imagen de los camiones llevándose el acebo a Madrid, de los huevos que iban a comprar al molino con los toros bravos cerca y de la sierra con las amigas lavándose la cara y cogiendo flores como prueba de dónde habían estado; pero, sobre todo, se maravilla de los grandes cambios que ha habido en la vida y se guarda las emociones detrás de una risa que ha podido con todo.

Estrella Martín Francisco, noviembre de 2016