Una revista cultural llamada “Cultura segoviana”, editada en abril de 1932, dedica a Sepúlveda un breve artículo firmado por Celso Arévalo. (Cultura Segoviana, año II, nº 5, abril1932, págs. 12 y 13).

Encabezada por una bella e interesante fotografía habla de Sepúlveda en unos términos que demuestran la enorme emoción que le produce la estratégica situación de la villa. Comienza diciendo, como podéis ver en la reproducción que adjuntamos, una frase que bien podría usarse como eslogan de la villa : Si Segovia es la cabeza de nuestra tierra, Sepúlveda es su corazón, y continúa un panorama grandioso que parece modelado por gigantes. Haciendo un poco de historia vuelve hasta Fernán González y Almanzor para dejar otra frase realmente elogiosa para los sepulvedanos hablando del carácter caballeroso de sus habitantes ya desde la época de Alfonso VI, cuando su alcalde Diego Téllez, vasallo de Alvarfañez acogió a las hijas del Cid después de la humillación infligida por los Infantes de Carrión.
En un gigantesco salto en la historia cuenta de forma amena y rigurosa el sitio que sufrió Sepúlveda por las tropas de Napoleón el 30 de noviembre de 1809 y termina diciendo: quien había humillado a la Guardia imperial no había sido la endeble guarnición, la Guardia se había detenido no ante el número y la calidad de sus enemigos, sino ante la imponente majestad de Sepúlveda.
Es un ejemplo más de la impresión que causaba, y causa, en quien la ve desde cualquier perspectiva.
Mª Antonia Antoranz Onrubia
Os invito a leer este brevísimo artículo y a comparar la foto de 1932 con una actual y , también, a que nos mandéis vuestras opiniones sobre los cambios que ha sufrido.
Si Segovia es la cabeza de nuestra tierra, Sepúlveda es su corazón. El emplazamiento de la antigua Septempulica es análogo al de la capital, pero aun más austero y grandioso. La lastra, tajada por el Caslilla y el Duratón, acusa con sus pliegues los efectos de titánicos esfuerzos orogénicos tangenciales, que, deformando las capas, han creado, en unión con la acción erosiva, un panorama grandioso, que parece modelado por gigantes y que surge de improviso en el páramo.
Dominado al vetusto caserío de las siete puertas, se alza El Salvador, cuyo arte nos habla de la época en que Sepúlveda era antemural del Duero desde que el glorioso conde castellano, Fernán González, apoderado de ella, la repobló en 941, dándola su celebérrimo de Cardeña, la quebrantó Almanzorre, retoño de nuevo para venir a ser la primera cabeza de la extremadura castellana, antes de serlo Segovia.
Del temperamento caballeroso de sus habitantes es buena muestra aquel su alcaide diego Téllez, vasallo de Alvarfañez, que acogió a las afrentadas hijas del cid, flageladas y abandonadas desnudas por los Infantes de Carrión en los robledales de Corpes (como entonces se llamaba al río de Aza (hoy Riaza).
La ingente fortaleza de Sepúlveda explica el que aún en el siglo XIX jugara un brillante papel cuando su escasa guarnición la defendió, humillando ante sus muros a las tropas vencedoras de Austerliz y de Jena, que, mandadas por Napoleón en persona, marchaban a Madrid.
El 30 de noviembre de 1809, el Emperador forzaba el puerto de Somosierra, mediante una insensata carga de la caballería polaca, constituida por jóvenes de la nobleza de aquel país, trasportados desde orillas del Vistula a las del Duratón. Napoleón había contestado al jefe que encargado de un reconocimiento regresaba desalentado a decir que su cometido era imposible. ¡Imposible! Yo no conozco esa palabra.
Y, sin embargo, Savary, enviado con la Guardia y la Artillería, acababa de retirarse de Sepúlveda, donde se le había infringido un duro castigo ante el cual renuncia sabiamente a tomar la plaza, pero afrentado de volver con la Guardia Imperial, sin más botín que los heridos, pide una división para castigar a la altiva Villa que había sabido rechazar a las tropas vencedoras en 100 combates, alegando que era infalible la operación.
Más Napoleón, que duda había deseado añadir algún lustre al flamante blasón del nuevo Duque, le contesta que envainase el sable, pues no era su intención que la Guardia hiciese de vanguardia. Mal recuerdo debió de conservar el Duque de Rovigo de la noche de Sepúlveda, pues en sus memorias guarda sobre este episodio una absoluta reserva.
A la mañana siguiente la pequeña guarnición de Sepúlveda, informada de que tenía delante nada menos que toda la Gran Armada de Napoleón, huyó hacia Segovia desamparando la plaza. Quien había humillado a la Guardia Imperial no había sido esa endeble guarnición, la Guardia se había detenido no ante el número y la calidad de sus enemigos, sino ante la imponente majestad de Sepúlveda.

