Artículo de Estrella Martín Francisco para la sección "Personas que cuentan".
Es uno de los rostros que cuentan asiduamente por Sepúlveda. Acaba de cumplir 88 años y recuerda la dureza de su infancia y juventud hasta su paso a una vida de casada feliz en la que tuvo tres hijos y ahora seis nietos. Se la ve pasear por las mañanas, siempre con una palabra espontánea y enérgica, o en cualquier actividad que se organice porque, desde que enviudó, se apunta a todo.
Nos cuenta cómo fue su vida en La Velilla, lugar en el que nació y vivió junto a sus padres y sus siete hermanos. “La vida en el molino era muy mala: trabajar, trabajar y trabajar”.
¿Cuál era tu trabajo?
Si íbamos al colegio, bajar al colegio, subir, comer y volver a bajar y subir. El molino estaba a dos kilómetros del pueblo. Si había novena, teníamos que bajar porque el cura nos obligaba si no, no nos dejaba tomar comunión ni nada. Recuerdo que yo era mayorcita y bajé con mi hermano y me comí una pipa que tenía en el bolsillo sin darme cuenta. “Si voy a comulgar, estoy en pecado y si no voy el cura me regaña”. Así que fui y ese fue un pecado horrible, lo daba vueltas; ahora no importa. Todo ha cambiado. Teníamos tres huertas y teníamos que trabajarlas. Si queríamos bajar al pueblo, primero a coger judías. Mi hermano metió piedras debajo de la pandera para que creyeran que había cogido muchas y poder bajar.
¿Ayudabais algo en el molino?
Mis hermanos eran los que iban a por el grano con los carros y yo era la que molía. Me dejaban una esquela diciéndome cómo tenía que moler y los sacos. Yo tenía que subirlos por seis escalones para echarlo a la tolva. Cargaba como una mula, así tengo yo la espalda. Luego hacíamos el pan para quince días, lo metíamos en esas arcas y aguantaba, no se “amogaba” ni se estropeaba ni nada.
Yo he trabajado como las mulas. Iban los de las tierras y los prados y nos cortaban el agua para regar ellos. Y me mandaban a mí a mover las piedras enormes con barro que ponían y no veas lo que me costaba moverlas…
¿Y tus hermanas?
Eran mayores que yo y se fueron a Suiza porque estaban en Madrid en una casa, pero no les daban de comer, solo si sobraba y allí las pagaban y comían bien.
¿Qué tal comíais en el molino?
Casi todos los días cocido porque, aunque no pusiéramos nada más, mis hermanos untaban el tocino en pan y era un lujo para ellos. Si comían judías, a la hora y media tenían hambre...Cuando venían unos primos de Pedraza, mis padres les ponían chorizo, lomo y de todo. ¡Me daba una envidia! Nosotros solo lo comíamos en días señalados. Hacíamos tres o cuatro matanzas al año. Teníamos cerdos, vacas, burros, gallinas.
Sus padres iban a Padraza los martes al mercado y recuerda que les traían una pastilla de chocolate, pero uno de sus hermanos, le decía que tenía gusanos para quitársela. “Me hacía la vida imposible””. Estuvo en el molino hasta los 20 años que se casó con Pepe “Deseando marcharme de allí”. El molino todavía existe, lo adquirió Martín Villa. Dice que está en pie y que el agua sigue bajando por el mismo sitio.
¿Cómo conociste a Pepe?
Se casó mi hermano que tenía un camión para repartir género en Talavera de la Reina. Unos amigos le dijeron a mi madre. “No la deje ir a Talavera que se la casa”. Pues parece que adivinaron. Mi marido trabajaba con Margüello de pintor allí. Mi cuñada la dijo a mi madre que me dejara con ella quince días hasta poner la casa. Mi madre no quería, pero al final me dejó. Mi marido venía todos los días tan guapo después de trabajar porque como era de Segovia…Y resulta que me echó el ojo.
Cuando me vine a La Velilla, me dijo “Nada más que nos escribimos a ver cómo estamos”. Lo que son la vida y las cosas. Nos escribíamos y tenía que leer las cartas delante de mi padre.
Pero él, como me quería, dejó a Margüello y se vino a Sepúlveda para quedarse y trabajar de fontanero con su padre. Mi marido me ha querido muchísimo toda la vida, hasta me regaló unos pendientes de oro.
¿Cómo te cambió la vida al casarte?
Fue una bendición venirme a Sepúlveda. Me cambió todo. Estuvimos un año donde la Goyota. Mi suegra quería que fuéramos a la Picota, pero la Adela y Melitón querían que fuéramos a El Salvador porque no tenían hijos y mi marido y Melitón iban a cazar juntos. Allí nos quedamos veinte años hasta hacernos con esta casa. Tenía que subir el agua desde el teatro porque no teníamos en casa. Trabajaba como una mula. El dueño no nos dejaba meter el agua, pero mi suegro se levantó un día a las tres de la mañana, metió el agua y no se enteró ni Dios. Para mí fue bendición.
¿Cómo era vivir con tantos hombres en la casa?
Mi marido me ha ayudado en todo, no he tenido queja ninguna con él. El primer año bajaba donde los Pieleros a lavar la ropa. Me decían que no bajara el rodillero ni nada que ellos me lo dejaban. Nos teníamos mucho cariño y mucha amistad. Como era joven, lo hacía bien. Cuando tuve a mi primer hijo, mi marido daba la ropa a lavar a una de Santa Cruz que me quería muchísimo. Cada quince días iba a lavarles la ropa a mis padres y atenderles hasta que nació mi Pepito.
Mientras hablamos, llega su nieto Alberto con quien juega a las cartas. Es una de sus aficiones que también practica en el centro de jubilados. “Este año he ganado el campeonato de brisca. Nunca en la vida había ganado nada y este año me llevé un chorizo y una botella de vino”. Dice satisfecha. Le gusta mucho ir a clases de memoria y también ha ido a pintura con su nuera Myriam. “Mis hijos me dicen que haga de todo, que tengo que salir y además qué voy a hacer aquí en casa sola”.
Antes de despedirnos, Pilar mira a su pasado: a ese molino que permanece en pie, a esa niña ingenua, a esa mocita que no sabía nada de hombres y sentía que todo era pecado. Más cercanos son los recuerdos de los viajes con su marido al extranjero. En ellos valoraba lo que tenía, especialmente en la mirada de esos niños descalzos, agradecidos por un bolígrafo o en el retrato que le hizo uno a su marido “con puro y todo”. Muchos recuerdos y, entre ellos, destaca el de un hombre que le permitió tener su propia familia y formar parte de otro pueblo.
Estrella Martín Francisco
