Casimiro, el 'aprietagañotes' segoviano

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Como verdugo de Madrid pasó por el garrote a una decena de condenados en aquella España negra de principios de siglo. La suya fue una historia de miserias y desgracias, recogidas en la último libro del escritor manchego Tomás Gismera Velasco.

Era alto, flaco y desdentado, de rostro ajado y carcomido. Su aliento a vino de taberna era casi perpetuo, como su vestimenta, siempre envuelto en ropa gris y desgastada. El miedo que infundía Casimiro Municio no era tanto por su aspecto, similar a otras víctimas de la España miserable de principios de siglo XX, como por su oficio, el del funcionario más indigno, el de verdugo o ‘aprietagañotes’. Casimiro Municio Águeda fue verdugo de la Audiencia de Madrid entre 1916 y 1935, años en los que pasó por el garrote a una decena de condenados a la pena de muerte, contra la que se llegó a manifestar en contra, eso sí, poco antes de la llegada de la Segunda República, quizá temeroso de los aires progresistas.

La historia de este segoviano no ilustre, natural de Sepúlveda, ha inspirado la última obra del escritor, historiador y periodista Tomás Gismera Velasco – ‘El verdugo de Madrid’ (Tinta Negra)—, un relato novelesco que se nutre de archivos y entrevistas al personaje en los periódicos de la época, que encontraron en el verdugo un ‘filón’ para alimentar el morbo del populacho.

Casimiro nació en 1874 en Sepúlveda, como lo acredita el cronista oficial de la villa, Antonio Linage Conde y el propio Gismera, que apunta que los orígenes familiares del verdugo proceden de Sotosalbos, de donde era el padre. Dejó el pueblo para cumplir el servicio militar y batallar en las Guerras de Rif. En su etapa como soldado, según explica Gismera, Casimiro fue asistente de un general que le buscó colocación en Madrid, a donde se trasladó con su esposa y sus tres hijos.

Trabajó como vigilante de seguridad por tres pesetas al día, un salario mísero que no espantó el hambre. Fuera porque el empleo no le gustara o porque le despidieron por su vicio por el vino malo y espeso de las tabernas de Madrid, volvió a recurrir al militar que le ‘enchufaría’ en 1916 para ser funcionario, en el puesto de verdugo de la Audiencia de Madrid. No era bien visto el empleo de verdugo, aunque no así la pena de muerte. “Era algo normal asistir a una ejecución, era como ir a los toros. Un joven Pio Baroja relata la ejecución pública de Higinia, autora del crimen de Fuencarral, como un acontecimiento que reunió a miles de personas”, comenta Gismera Velasco.

El segoviano no ve con malos ojos el empleo. Con 1.825 pesetas que prometía el puesto, a 50 pesetas por ejecución, se trataba de un trabajo bien remunerado, un dinero fácil al alcance de una persona casi analfabeta, si bien acepta también el empleo en la creencia de que no va a ejercer nunca el oficio, pues ya las condenas tan duras empezaban a escasear.

Pasarían dos años hasta su primera ejecución, la de Pedro Lobo ‘El Canena’, que asesinó en Jaén a una madre y sus tres hijos para robarles 300 pesetas. Para desaparecer los cadáveres se los echó a los cerdos. Era el año 1924 y Casimiro tuvo que desplazarse a la cárcel de Jaén, escoltado por la Guardia Civil, con el ‘reloj’ entre sus manos, cómo él llamaba al garrote que rompía los cuellos con una manivela.

Por aquella época solo había tres verdugos ‘oficiales’ en España, uno en Burgos, otro en Barcelona y el de Madrid, esto es, Casimiro, que tenía que desplazase allá donde requerían sus servicios. «Entra al puesto de verdugo —explica Gismera Velasco— porque el anterior había fallecido, de manera que tuvo que aprender solo (…) Sus primeras ejecuciones fueron torpes, muy torpes. Hablan de que, en las primeras, los nervios le impedían ajustar bien el aparato», afirma el escritor manchego.

Al poco tiempo de su nombramiento como verdugo, Casimiro se queda viudo, mientras aumenta su ‘enganche’ a la bebida. Vivía con sus hijos en la calle de La Palma, en pleno centro de Madrid. Pero fue un episodio el que trastocó su vida. Con motivo de la ejecución de los asaltantes del Expreso de Andalucía, la Guardia Civil acudió, como otras veces, a buscar al verdugo a su casa, momento en el que el vecindario supo de su siniestro oficio.

Cuenta Gismera Velasco que le apedrearon la casa, que le insultaban, que los vecinos se cambiaban de acera a su paso, por lo que se marchó a las afueras de Madrid, a una colonia de casas bajas, junto a las tapias del cementerio de La Almudena. Allí vivió sus últimos tiempos. En este barrio marginal Casimiro era temido y respetado, pese a ser hombre borrachuzo que se gastaba en vino el dinero que cobraba por las ejecuciones, al menos una decena conocidas, según el inventario de Gismera Velasco.

A principios de los años 30, el verdugo protagoniza varios reportajes en prensa, algunos ridiculizantes, que le hacen un personaje conocido. De ahí son las fotos firmadas por Alfonso Sánchez García (1880-1953), un fotógrafo mítico que retrató a vedettes, políticos, reyes, toreros, literatos y personajes anónimos. «Casimiro dice que le engañaron y a partir de ahí no quiere saber nada con la prensa», afirma el autor de ‘El verdugo de Madrid’, que confirma cómo en 1930 el ‘matarife’ escribió un documento de su puño y letra en contra de la pena capital por miedo a posibles represalias de un próximo gobierno progresista. «Ojalá que llegue pronto la abolición de la pena de muerte», escribió, en un momento donde las ejecuciones ya no eran públicas. Casimiro repitió el alegato en 1934, ya con la pena de muerte derogada por el Código Civil republicano.

El alcoholismo le acompañó toda su vida, el mismo que le unió con su última esposa u amante, de nombre María, mujer gruesa y alcohólica, apodada la ‘bruja borracha’ por la misma prensa que persiguió al verdugo para extraer lo más escabroso de su triste vida. María falleció en 1936 en un luctuoso episodio. “Esta mujer se emborrachó, entró en coma etílico y se desmayó junto al brasero de la chabola, se quema y muere. Llegan a acusar a Casimiro de su muerte. La prensa le hostigó en su casa, en la calle… creían que tenía algo que ver. Hasta el juez se niega a ordenar la autopsia porque pensaba que él era el culpable”.

No se sabe dónde, cómo ni cuando murió Casimiro Municio. Solo que lo hizo durante la Guerra Civil. El verdugo segoviano no mereció ni una cita en la prensa. Su muerte no importaba, solo las que durante décadas fueron obra de su brazo ejecutor.

«El verdugo parece el malo, pero era solo el último eslabón» Tomás Gismera Velasco (Atienza-Guadalajara, 1958) es escritor, historiador, periodista e investigador, con una prolija obra publicada, de más de 150 títulos, entre los que destacan los incluidos en la colección ‘Tinta Negra’, relativos a sucesos entre los siglos XIX y XX. También ha publicado temas históricos, costumbristas y relacionados con el folclore y novelas como ‘Elena Sanz. Tú serás mi reina’ o ‘El vuelo de cuatro vientos’.

En ‘El verdugo de Madrid’, de 122 páginas, Gismera Velasco traza un relato novelesco a raíz de las entrevistas que le hicieron en la prensa a Casimiro Municio. «Él verdugo parece el malo, pero era el último eslabón, porque no olvidemos que los políticos tenían la potestad de abolir la pena de muerte y se lavaban las manos. Me interesaba denunciar eso y, por supuesto, la pena de muerte», señala el autor.