35 años de amor en un roscón

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Un sepulvedano le renueva cada 6 de enero la fidelidad a su esposa con un Roscón de Reyes con un valioso regalo en su interior

Es una versión de la canción de Cecilia pero a cara descubierta y con Roscón de Reyes en vez de con un ramito de violetas. Un ciudadano de Sepúlveda lleva más de treinta y cinco inviernos mandando a su mujer cada 6 de enero el dulce tradicional de Epifanía. Pero con una particularidad: cada año le introduce un regalo diferente entre la masa y la nata del roscón. Y otra: en vez de tener la forma redonda, la que adopta el dulce es la de un corazón. Siempre el 6 de enero.

Ese día, el fiel esposo se pasa a primera hora por la pastelería El Castillo a recoger el encargo. Por eso no hemos podido fotografiarlo, dado que Gabriel García Martín –cuarta generación de pasteleros- lo amasa la noche anterior. El amante quiere permanecer en el anonimato, pero Gabriel recuerda los regalos que unas horas antes le deja para que lo introduzca en el dulce: pendientes, anillos…, generalmente una joya. Si encontrarse con la pequeña bagatela que sustituye al haba de época medieval es siempre una alegría, cuanto más saber que eres tú la única destinataria de la memoria del alma que se repite año tras año. Este 6 de enero la sorpresa va introducida en una minúscula vasija de barro, y queda protegida por un pequeño envoltorio, de lo que nos alegramos porque la información periodística no hará hoy de spoiler ni reñirá con la sorpresa de la agraciada.

Ya de por sí el Roscón de Reyes de El Castillo es un regalo al paladar. Quien esto escribe es adicto a los roscones, preferiblemente sin relleno o con nata. El mapa de sabores que cada cual guarda en sus recuerdos tiene clavada toponimias diversas en el arte del amasado y del horneado de este manjar. El de esta pastelería figura en los primeros puestos del ranquin. Desde el 29 de diciembre lleva Gabriel amasando, porque cada año se adelanta el consumo del dulce. Unos cuatrocientos roscones venderá, y no solo a segovianos: desde Madrid a Barcelona pasando por Zaragoza conocen esta golosina. Confiesa el secreto: un buen trabajo de la masa. Eso al menos dice. “Hay que observar a la masa, y escucharla, ella marca el punto”. Harina, huevos, mantequilla y azúcar es la receta publicable.

De casta le viene al galgo. Los García –se ha dicho- llevan cuatro generaciones de pasteleros. La fachada de su comercio de Sepúlveda luce la fecha de inauguración: 1910. Antes, el bisabuelo había trabajado en la pastelería madrileña La pelota, en Cardenal Cisneros. De allí trasmitió el arte de hacer un buen hojaldre, un petisú o un éclair; este último relleno con crema pastelera y con una suave capa de chocolate ornando la superficie es una delicadeza. Su crema pastelera obliga a chuparse los dedos, costumbre no muy estética y ahora especialmente poco recomendable por la pandemia.

Solo hay un problema en la experiencia: es necesario reservar con antelación los productos más demandados, entre ellos el roscón. Desvelo diez años después un secreto: el primer 5 de enero que pisé la pastelería desconocía la norma. Ante la oscura perspectiva de quedarme sin mi dulce favorito y ante la inocente pregunta “¿qué día lo reservó?” mentí sin en el menor reparo y muy serio me inventé la fecha. Me quedé con uno que tenían reservado esa noche para la familia. Nunca me arrepentí.