Ortega y Gasset analiza los procesos de incorporación y desintegración en la vida de los países, aludiendo al imperio romano, a la formación de la nación española y al imperio napoleónico. En todos ellos halla, en los periodos de incorporación, una fuerza central integradora que, en el caso español, parte de Castilla, cuya política tradicional se apoya en el espíritu clarividente de Fernando de Aragón. La unificación nacional se consigue al compartir un proyecto internacional sugestivo, que complementa la mirada de Castilla hacia África y el centro de Europa, con la de Aragón hacia el Mediterráneo, para abordar conjuntamente la empresa americana.
El proceso incorporativo crece hasta Felipe II. A partir de 1580 comienza la decadencia y la depresión. Se separan primero los Países Bajos y el Milanesado, luego Nápoles; las grandes provincias americanas, a principios del siglo XIX -estos años celebran el bicentenario de su independencia ¿recuerdan?- y, a finales del siglo, las colonias menores y Filipinas. Ortega escribe su libro veinte años más tarde, cuando el particularismo -cada grupo deja de sentirse parte de un todo- es un síntoma grave que se traduce en las tendencias separatistas de vascos y catalanes que, según él, no son sino la continuación del proceso de desintegración que alcanza a la propia península.
Pero el filósofo carga parte de la responsabilidad en la propia Castilla que había sido artífice de la unidad. "Castilla se vuelve suspicaz, angosta, sórdida, agria; celosa de otras regiones, ya no se ocupa de potenciar la vida en ellas, las abandona a sí mismas". También censura a la Monarquía y a la Iglesia, que se obstinen en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales. Lo cierto es que vascos y catalanes, "pese a la evidente situación privilegiada de que gozan", se sienten oprimidos y su sentimiento, aunque pueda parecer injustificado, es sincero.
Casi cien años después, pienso que la clave de un futuro satisfactorio pasa por aceptar de buen grado tanto lo que nos une como nuestra enriquecedora diversidad, para abordar un proyecto común que hoy podría ser Europa. Nada sencillo, pero necesario.
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