Monumento nacional desde 1951, Sepúlveda tiene el encanto de esos lugares que conservan la fisonomía de otros tiempos. Sabemos que en sus cerros de Somosierra y Picota, sobre los ríos Duratón y Caslilla, encontraron alojamiento los hombres del Neolítico y la Edad del Bronce y que en lo más alto de su orografía los celtíberos poseyeron un castro allá por el siglo IV antes de Cristo.
Tras el paso de los arévacos, llegaron los visigodos y los árabes después y de la mano de Fernán González Sepúlveda se torna castellana, para caer en manos de Almanzor en el 984, hasta que en 1010 el conde Sancho García la devuelve a la cristiandad con una segunda repoblación.
Dilatada historia que reflejan cada uno de sus rincones, sus murallas, sus cuestas empedradas, sus iglesias románicas. Merece un paseo, un largo paseo.
Su casco urbano sorprende desde el principio, cuando uno se acerca a Sepúlveda entiende que está ante un conjunto. Tejados al estilo segoviano, casas de dos alturas y todas del mismo color, de la tierra, agrupadas en sus cerros y enmarcadas por las hoces del Duratón, de colores ocres muy vivos.
En el interior, quizá su estampa más conocida es la Plaza Mayor, rectangular y porticada parcialmente, en la que destaca el Palacio del Conde de Sepúlveda. Por una escalinata llegamos hasta la iglesia de San Bartolomé, románica del XII con retablos e imágenes barrocas en su interior.
En las proximidades de la Plaza Mayor se encuentra también la iglesia de Santiago, hoy centro de interpretación de la naturaleza, dedicada al espacio natural más destacado de sus proximidades, las Hoces del Duratón.
Continuaremos nuestro recorrido por la calle del Conde, donde nos sorprenderán los blasones de la Casa de los Arteaga o la del torero Victoriano de la Serna, hasta llegar a la iglesia de El Salvador, en lo más alto del casco urbano. Verdadera joya arquitectónica, tanto por su torre defensiva, como su ábside circular y su pórtico de entrada.
En la parte derecha de la Plaza Mayor y del castillo del que se conservan tres torreones tras la fachada barroca del palacio, se encuentra la puerta del Azogue, también denominada Ecce Homo, otro de los símbolos de la villa, que abre a la calle Barbacana, desde la que accederemos a las iglesias de San Justo y el Santuario de Nuestra Señora de la Peña, donde además del edificio obtendremos excepcionales vistas sobre las Hoces del Duratón, que al atardecer, regalan juegos de luz de enorme interés para los aficionados a la fotografía.
No olvidemos que cada uno de los rincones guarda un sabor a tierra castellana, seriedad y magnificencia que podemos contemplar en una de sus plazas más singulares, la del Trigo, donde se encuentra la Oficina de Turismo. En sus cercanías abundan los restaurantes que se prodigan en platos tradicionales de la zona y que son punto de encuentro para numerosos turistas, sobre todo durante los fines de semana.
Arcos de la Judería y Puerta del Río, románica, son otros elementos arquitectónicos del conjunto que es puerta a su espacio más emblemático, las Hoces del Duratón, muy próximo, al que desde luego, es imprescindible la visita
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