Sábado, 15 Agosto 2026

logoarcodelavilla

Teatro “Fuente del Caldero”

Inicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivadoInicio desactivado
Entre mis paseos preferidos está el que parte de Sepúlveda y llega hasta la Fuente del Caldero, aguas arriba del río Caslilla. Siempre que Conchi y yo vamos al atardecer por esa senda contemplamos algún episodio de interés, mucho más entretenido que cualquier programa de televisión.

Allí, todos los días se puede ver un gran espectáculo, en el que sus protagonistas cumplen a la perfección con el papel que la madre naturaleza otorgó a la especie a la que pertenecen. La función es gratuita, pero exige al asistente un pequeño esfuerzo, el de interpretar en cada momento qué es lo que está ocurriendo a su alrededor, con el riesgo de errar que ello conlleva. Y, como en las representaciones teatrales, al final el público valora lo acontecido, en función del significado que da a la escena y, como no podía ser de otra manera, sus gustos.

Una tarde de mayo, hará ahora un mes, nos encaminamos a la Fuente del Caldero. El valle del Castilla estaba espléndido, con ese verdor primaveral inmaculado que me fascina visualmente tanto como me desazona, por mi alergia a las gramíneas. Avanzamos a un ritmo vivo, pues yo iba pendiente del cielo, de unos negros nubarrones que asomaban justo por donde llegan aquí las tormentas. O sea, por Villar de Sobrepeña. Llegamos a la Fuente del Caldero, e incluso avanzamos unos metros más hasta situarnos enfrente del impresionante paredón que allí existe. Y llegó la sorpresa. Sobre nuestras cabezas volaba un alimoche, desinhibido. Me dispuse a descubrir dónde tenía el nido, pues se me antojaba que no andaba muy lejos. Era cuestión de esperar un rato, a ver si descendía a alguna de las pequeñas cuevas —lugar preferido de los alimoches para colocar su nido— que adornan ese cortado. Pero él tuvo que darse cuenta de mi intención y, lejos de aterrizar, debió mirar al Villar y, viendo lo que venía, me retó. “Elige. O descubres donde tengo el nido u os vais a calar hasta el tuétano”. Al principio, acepté el envite, considerando que, por la hora del día que era, el buitre no podía tardar en regresar a casa. Sin embargo, al final tuve que ceder. Conchi, que se había entretenido contemplando el caprichoso vuelo de una bandada de chovas piquirrojas, intentando determinar cuál de ellas dirigía la orquesta, me aconsejó capitular.

Semanas después, el 1 de junio, volvimos.

—¿Veremos al alimoche?, me preguntó Conchi por el camino.

—No, son casi las diez; es tarde para que esté volando.

Craso error. A las 22,01 horas, una pareja de alimoches planeaba sobre la Fuente del Caldero. Por un instante, me alegré de ver la escena. Luego consideré que era una mala noticia. Que los dos vuelen juntos a estas alturas del año puede ser indicio de que han perdido la puesta. Al menos uno debería estar en el nido...

Andaba en estas elucubraciones cuando un nuevo actor entró, de improviso, en el escenario. Un corzo macho, escondido entre la maleza ribereña, ladraba con gran estruendo, tal vez intentando atraer a una hembra. Permanecimos inmóviles, unos minutos, hasta que salió a un claro, pudiendo verlo con total nitidez.

—¡Mira, por ahí venía otro, pero se ha espantado al vernos!, exclamó Conchi en ese momento.

En efecto. El ruidoso corzo y una silenciosa corza iban a reunirse donde nosotros estábamos, para un encuentro amoroso que (creo) acabamos malogrando.

Se hacía de noche y los tercos alimoches seguían ahí arriba, sin indicar dónde está su nido. Así que regresamos a casa, satisfechos con lo que habíamos visto. Volveremos otro día a este teatro.

Construido con palabras
GUILLERMO HERRERO 

Fuente de la noticia: El Adelantado de Segovia, 11 Junio de 2011