Miércoles, 30 Septiembre 2026

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Al tañido del claxon

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La despoblación del medio rural amenaza la pervivencia de numerosos oficios que tienen su clientela en los pueblos pequeños.

Durante siglos, el tañido de las campanas convocó, como si de un pregonero se tratara, a los vecinos de un lugar para los grandes acontecimientos. Aquello es ya agua pasada. La sangría poblacional sufrida por el medio rural segoviano en el último medio siglo ha ido apagando la música de los campanarios, dejando a los pueblos —sobre todo a los más pequeños— casi dormidos, en un silencio roto de tarde en tarde, como cuando llega el panadero, tocando el claxon.

Pedro San Frutos, panadero, sabe de la vida cotidiana en el campo, de sus problemas y sus cada vez más escasas alegrías. Es alcalde, desde hace 23 años, de Navares de Enmedio, un pueblo que puede resultar paradigma del Nordeste de la provincia. Para ver un nacimiento allí hay que remontarse dos años atrás, cuatro si se trata de una boda. “En 32 años, solo cinco matrimonios nuevos han decidido quedarse en el pueblo”. Por el contrario, los fallecimientos abundan, unos 15 en tres años. Datos reveladores de la tendencia regresiva, que ha llevado a Navares de Enmedio a reducir su población hasta los 112 empadronados actuales… “Si no se hace algo rápido, estos pueblos se mueren”, sentencia. Y aunque “en Navares de Enmedio siempre hubo de todo”, lo cierto es que hoy los servicios que aún mantiene penden de un delicado hilo. Hasta el nuevo sacerdote, de origen polaco, prefiere vivir en Sepúlveda a hacerlo en el pueblo, que siempre contó con cura.

Pedro mamó el oficio de panadero. Su padre, Bruno, tenía una tahona, y él empezó a echar una mano siendo niño, con siete años, repartiendo a lomos de una burra. Cogió el testigo de su progenitor hace 28 años. Y, a pesar del declive generalizado de toda la zona, ha sabido subsistir este tiempo como panadero, eso sí, “con gran esfuerzo” y gracias al diario apoyo de su mujer, Rosa María Cid, que cada mañana madruga para estar a su lado junto al horno de leña. En el tiempo que lleva de panadero, la producción ha bajado, y mucho. Él recuerda haber producido tres hornos cada jornada, mientras que ahora, en un día normal, con uno basta, y no hace falta llenarlo.

Pedro y Rosa se dividen el trabajo. Él va con una ‘Mercedes Vito’ por cuatro pueblos, repartiendo. Ella atiende a los clientes de Navares de Enmedio y se ocupa también de los de Navares de Ayuso. “Hacemos un porrón de kilómetros, y muchos días no sacamos ni para el gasoil que se gasta”, afirma el matrimonio, consciente de que el futuro de la panadería es incierto, puesto que ninguno de sus dos hijos quiere continuar con el oficio familiar.

Navares de las Cuevas

En Navares de las Cuevas, el primer pueblo por el que pasa Pedro, hace cuatro décadas vendía un centenar de hogazas, de dos kilos. Ahora, lo normal es que tenga cuatro clientes. “¡Es lo que hay!”, exclama, resignado. De Navares de las Cuevas va a Torreadrada, dejando a mano izquierda Castroserracín, al que no entra. ¿La razón?. “Hay que respetar los pueblos de cada panadero; además, sería llenar el camino de huellas”. Lo dice sabiendo que su colega tampoco sacará perras con la visita y recordando, al tiempo, que en el último invierno se quedó un día en ese lugar atrapado por la nieve.

Torreadrada

Un enorme jardín de almendros en flor da la bienvenida a Torreadrada. Nada que envidiar al espectáculo de los cerezos en flor del valle del Jerte. Se dirige primero a la tienda de Marcelino Sanz, minúscula pero bien surtida, al fondo de la cual se ve a una mujer, ya mayor, cocinando. “El día menos pensado cerramos”, vaticina el tendero. Donde Marcelino, el panadero deja seis panetes y 18 barras. La siguiente parada es en el bar ‘El Cazador’, atendido por Mercedes Blanco. La mañana es tranquila y ella tiene ganas de conversar. Habla alto y claro. “Nos tendrían que pagar para mantener los pueblos”, reclama. En esas aparece Orencio Muñoz, pescadero de Fuenterrebollo, a tomar un chato. Su panorama no es mejor que el de Marcelino o Mercedes. Vende pescado en ocho pueblos. “En uno tengo cinco clientes, en otro dos… depende del día”, explica. “Si echo cuentas veo que si me compensa seguir es por lo que gano en verano; ¿el resto?, nada de nada; lo mío es una labor social”.

A la disminución de su clientela se ha añadido otro problema para los pequeños vendedores, el del aumento de la competencia, en especial la de las grandes superficies. “Por esta zona la mayoría de la gente va a comprar a Aranda de Duero, y los que seguimos viniendo por aquí lo hacemos para vender a gente muy mayor”, agrega Orencio.

Aldehorno

Camino de Aldehorno, el cuarto pueblo de su ruta, el panadero se sincera, proponiendo soluciones a lo que ve. “Yo sacrificaría las subvenciones que se dan a estos ayuntamientos si con ese dinero se ayudara al establecimiento en esta comarca de una empresa, grande, que creara empleos”, declara. Él piensa que ahí está el quid de la cuestión. Con los pueblos casi despoblados, entiende que la llegada de una empresa “fuerte” contribuiría a frenar la marcha de efectivos y a fijar población joven. Puestos a pedir, elegiría una empresa que diera trabajo a mujeres.

Aldehorno tiene algo más de vida que los pueblos anteriores, tal vez como consecuencia de que el término municipal esté dentro de la Denominación de Origen ‘Ribera de Duero’. El panadero hace unas cuantas paradas y en todas ellas salen a recibirle clientes, de avanzada edad en su mayoría. Los vecinos se congregan en torno suyo, aprovechando la visita del panadero para echar una parrafada. El tiempo y la llegada de los nietos el próximo fin de semana son los temas de conversación principales.

Aldeanueva

Por último, para acabar el diario reparto, va a Aldeanueva de la Serrezuela. El ansiado sol de la primavera aparece, tímidamente, y los lugareños aprovechan para salir a la calle. El panadero no solo les vende pan. También lleva leche, galletas y algunos alimentos de primera necesidad. Como dice él, “para dar servicio”.

Un pastor, de nombre Felipe, viendo que Pedro va con compañía pregunta, con picardía, “¿Hoy traes ayudante para que te den una subvención o para que de fe de que aquí casi no vive nadie?”. El panadero escucha y sonríe, que ya sabe lo que es poner al mal tiempo buena cara.

Fuente de la noticia: El  Adelantado de Segovia, 22 de Mayo de 2010