Lo de obligada, lo digo en el sentido de que, casada con Alfonso, hijo de Francisco de Cossío, nacido en la Villa, y contando la familia con un panteón que viene recogiendo a todos cuantos parten con antelación, para guardar sitio y no tengamos que hacer cola los que vamos detrás.
El paisano aquel me dijo que antes de las diez y media el comercio ni se movía. Pienso yo que estos hábitos, eran restos de la nobleza del pueblo, que siempre convivió con mayorazgos de gran fuste, que no se permitían el ser esclavos de unas manecillas, cuando las horas sagradas, las que había que respetar, ya se las regalaba el reloj del Ayuntamiento, sin necesidad de tenerse que meter la mano en el bolsillo, y alguna que otra campana que desde alguna de las iglesias que se intercalan entre el caserío, deja volar su tañer para que en las Hoces los ecos compongan oratorios que las aves se encargan de repetir en voz baja, para no distorsionar el sonido de las aguas en su discurrir.
Decía, pues, que los sepulvedanos no suelen ser muy dados a madrugar, suele suceder esto en los pueblos en los que hay más cuestas arriba que cuestas abajo; pero, y quizás por el mismo motivo, el día les cunde más y como desde lo alto de sus alturas, se domina el valle con sus huertas, y la carretera que dibuja curvas para que la vista se vaya haciendo a las geometrías que el conjunto del pueblo está dispuesto a regalar, el mapa neuronal de los sepúlvedanos en cualquier momento está dispuesto a conformar proyectos y a recorrer el mundo con solo dar cuatro vueltas a la Plaza Mayor siguiendo la trayectoria del sol para que el sentarse coincida con alguna sombra que refresque más a la memoria que a la conversación.
Me estoy refiriendo, y sé de lo que hablo, a sepúlvedanos de pura cepa, amantes de sus fueros y enamorados de las luces que los atardeceres extienden sobre los campanarios y los tejados, como si fueran el mantel con el que estuvieran preparando la mesa en la que los panes esperan ser bendecidos coincidiendo con el ultimo rayo de sol que besa a la torre del Salvador para que todo se salve por los siglos de los siglos que van acumulándose en su historia.
Sepúlvedanos de los que cualquier pueblo se sentiría orgulloso de acoger en su censo, son Antonio Linaje Conde y Diego Conte Bragado. Estos han dado más vueltas a la Plaza, y la diferencia que los años han interpuesto en sus partidas de nacimiento, el espíritu que les anima la ha borrado. Conozco a los dos, y aunque me barruntaba que algo se traían entre manos, hasta hoy no he sabido que se trataba de una Guía del Camino de Santiago, tan especial como para que el sello editorial Nacional Geographic se haya volcado en su edición, para solaz y enriquecimiento de cuantos ya la tenemos sobre la mesa a punto de comenzar su lectura, en cuanto sintamos que el silencio del alma y el lenguaje de la historia se nos aproxima, vestido de peregrino que ansia realizar el viaje del héroe; que no es otro que el llegar hasta las profundidades del espíritu.
Convencido de la perspectiva que este viaje iniciático ha de adquirir con los conocimientos que Antonio Linaje ha venido recolectando desde su curiosidad y exigencia por recorrer la historia, sin equivocar las comas y los acentos, no tengo ninguna duda del calor que desde sus páginas ha de surgir, para que se avive la llama del espíritu santo que, aunque hoy la física quántica la traduce en otro lenguaje, arde en la cúspide de la cabeza de todos cuantos saben del esqueleto del símbolo y la musculatura del mito.
No me puedo olvidar de Diego Conte que ha aportado la juventud y el impulso que viene demostrando con su empresa Tuco, atenta a la divulgación de nuestro Patrimonio y a intercalar entre los párrafos eruditos de Antonio Linaje, la agilidad de su mirada, para descubrir enclaves y lugares en los que la tierra derrama las energías que los dioses depositan para que los peregrinos sientan como sus pies se alivian en el silencio de la fe y el esfuerzo, casi tanto como su corazón.
Jose María Pérez de Cossío
Fuente de la noticia: El Adelantado de Segovia, 26 de Febrero de 2010

