Rosendo Ruiz Bazaga

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Aunque el año 1918 Sepúlveda había vivido el terror de la epidemia de gripe, la vida continuó y continuaba, y el 12 de julio siguiente escribía el corresponsal-redactor de “El Adelantado de Segovia: “Se va notando la afluencia de veraneantes.

El pueblo, como es consiguiente, empieza a adquirir más aspecto de vida. ¡Y qué mujeres! Parece que se han dado cita en Sepúlveda las mejores mujeres de España. Cómo que esto no parece Sepúlveda,…parece, ¿qué sé yo? Fantasía, sueño. ¿Será un sueño? Y yo digo que este sueño es la vida. Sueño de mujeres, de belleza, de cadencias, de tules, de perfumes. Vivamos, soñemos… Baile en la Plaza, y animados como nunca; bailes en las sociedades de recreo, también concurridísimos, y bailes en varios salones particulares, especialmente en casa del Notario, donde los hay casi todas las veladas, de doce en adelante”.

Este corresponsal era un escritor, Rosendo Ruiz Bazaga. Hay que definirle así, pues a lo largo de todo su paso por la tierra, la literatura fue su constante vital. Había nacido en Málaga en 1893 y conocía muy bien la casa del notario, Rosendo Ruiz Ansaldo, pues vivía en ella, como hijo suyo y de su esposa Doña Laura Bazaga. Su padre llevaba diez años en la villa.

El 8 de agosto de 1918 tuvo lugar en aquella vivienda, de doce de la noche a tres de la mañana, una velada artística. Se publicó el programa en el periódico. Concierto en serio, distinguiéndose entre tiples y contraltos, acompañando al piano la notaria consorte, y a la guitarra Agustín Horcajo, el peluquero de la Plaza. Luego la anfitriona dirigió un cotillón y al fin el baile. “A las tres se inició el desfile de damas y galanes, dejando en los salones el recuerdo del perfume y en las almas el perfume del recuerdo”.

Mas doña Laura Bazaga no sólo esparcía el ánimo en esas músicas profanas sino también en las sacras de las viejas iglesias de la villa. Su coro llamado de las Marías respondía al dolce stil nuovo romántico: en Semana Santa, el Stabat mater para un trío. Novenas del Corazón de Jesús, de la Purísima- la misa a dos voces del turinés Giusepe Concone-, de la Virgen de los Ángeles. El hijo amantísimo se extasía con las bellezas de aquella liturgia. “Las señoras” engalanaron el espléndido retablo con guirlandas de flores, alegorías, tules y resplandores eléctricos, hasta conseguir que pareciera un rincón de la gloria. Y las cantoras lo hicieron con tal maestría que, al escuchar efluvios líricos tan emocionantes, tan divinos, nos creíamos transportados a las mansiones del Olimpo; algo incomprensible el espasmo, el frío inequívoco que se siente en los momentos supremos cuando el alma se eleva a las espirituales regiones de lo suprasensible”.

Para la crónica chispeante de los toros de 1918, Rosendo tomó el seudónimo de El abad de Cuenca: tres corridas de dos reses cada una para la pareja de Pacomio y el vallisoletano David Peribáñez. Una atención festiva a cada espectador notable, local o visitante, tal Lope Tablada Maeso explicando la influencia del caracol en las artes plásticas.

Pierrot fue el seudónimo para la crónica del carnaval. Bailes de máscaras: en El Liceo Sepulvedano cuatro disfraces personificando a la Muerte, y de madrugada Guzmán el Bueno y un paje trovador; las chicas, tres caprichos orientales nostálgicos de Egipto. En las calles, una boda de gigantes y otra gitana, una “compañía de acróbatas”. En un baile infantil premios para una boda de frac y blanco con corona de azahar, y para una pareja de trajes árabes. El suelo urbano cubierto de confetti. “Y ahora miserere mei Deus”.

De la magia de la escena, Rosendo trató en la doble vertiente de los cómicos de la legua y los aficionados locales. Así de la compañía “cómico-dramática” y familiar de Ernesto Enguidanos, de 1918 1919, cada actor representando a un solo personaje-Tierra baja, de Guimerá, “el éxito mayor que hemos visto en nuestro elegante coliseo”.

Los de la villa, en sus funciones hacían sitio a poesías, canciones, bailes. La noche del 11 de noviembre, de seis y media a diez, tras Las flores de los Quintero, una zambra gitana, o “juerga andaluza con todas las de la ley”. Los hermanos Barral estaban a punto de irse de Sepúlveda, pero Pedro y Martín tuvieron tiempo de trabajar en la pieza, con su hermana pequeña, Luz, que además bailó “una danza albaicinesca”. Para ver En familia, de Hernández Catá y Alberto Insúa, “vinieron familias aristocráticas de Riaza en automóvil”.

Una serie prometedora de Rosendo era la que tituló “Galería exótica sepulvedana”, de personajes singulares. Uno fue el maestro Horcajo, compositor también sin saber solfeo, enamorado de su guitarra, por ser el instrumento completo, con sus diez y ocho trastes y sus ciento ocho notas, “que le hace sentirse a uno divinizado, santificado, y no entran ganas de morirse para ir a la gloria, porque ya se está en ella”.

Otro, Don Agapito, el tintorero, en su jardín monacal del Tinte, poseedor del secreto de varios inventos trascendentales, para cuyo desarrollo solo le hacía falta un socio capitalista. Por ejemplo, un chisme que anduviera solo, arrumbaría al que pasaría a ser histórico automóvil. A diferencia de la luz y la electricidad, pensaba que la Física del Calor estaba por estudiar. Sin embargo, a él le bastaría una máquina que ya tenía in mente para calentar con ella los quinientos pucheros de la villa.

A las puertas de la Galería se quedó otro hombre singular, de atrayente estampa unificadora de sus tentáculos polifacéticos, el señor Eusebio de Frutos. Le llamaban por su padre, El Cartero o El Carterillo, pero él nunca lo fue, sino muchas otras cosas, entre ellas el alguacil municipal, uno de los dulzaineros, hortelano, muñidor de los entierros y aniversarios, muy estruendoso de casa en casa golpeando reiteradamente los picaportes, “Han oído, eh? Oigan…”. Rosendo fantaseó ante el emplazamiento troglodítico de su churrería, en torno a cuando “los tabucos confabularios albergaban a hampones y reyezuelos, hidalgos y truhanes”.

El 23 de noviembre de 1918 el personaje fue Emiliano Barral. Era el año inicial de la recopilación de su obra expuesta diez años más tarde, ya con un pie en Madrid, donde compartía el taller de Juan Cristóbal, pero aún con el de la casa familiar de las peñas del Caslilla. Ante el retrato de Lía Prieto, Rosendo le dijo que así le gustaban, de tamaño natural y parecidos al modelo, mientras el escultor estaba ya ante otros horizontes. De la conversación acabó saliendo el busto del propio Rosendo, hoy en el Museo de Segovia, tras quince sesiones de dos horas, “a la espera del monumento futuro que le aguardaba en su Málaga natal”. Y el 28 de julio de 1919 escribió el retratado en el diario segoviano la primera crítica de arte publicada sobre el artista, que después tendría tanta prensa. Emiliano dijo que había querido esculpir “la encarnación de una más o menos luminosa ráfaga sentimental que cruza el valle de la vida”. Rosendo se extasió ante “los rasgos fisionómicos, sobre todo la belleza de los planos frontales, el tenebroso misterio de los ojos, hundidos, sombríos, abismáticos; la carnosidad epicúrea de los labios y el lírico alarde de la melena”.

En el libro postre, Fruto en sazón está el Autorretrato del escritor en verso, en el que manifiesta su disconformidad con su físico, que arroja, en mi vida, tristeza y dolor;/ de poca estatura, de dorso encorvado- quizá bajo el peso del mundo soñado-,/ y aún llevo a mis rimas ensueños de amor.

El 19 de febrero de 1916, publicó en “El Adelantado” La mujer española. Trazas de un trabajo, un artículo feminista, al que siguieron otros de la misma índole y prosas varias. Pero su colaboración más frecuente y notable era la poética en la “Página literaria” semanal que era un microcosmos de toda la literatura coetánea.

La mujer aparece en esta obra de juventud como una constante obsesiva. En casa de Barral, escribió a la vista del “valle de Sopeña, bajo cuya fronda clamoreaban las aguas del Caslilla: ¡Oh, la dulce tristeza de los amores muertos antes de nacer. A punto estuve de hilvanar un madrigal, evocando la princesa genérica que duerme y dormirá eternamente en el fondo de mi alma”. Es la dama del amor que no llegó a cogüelmo, es más que por esa misma exaltación no podía llegar. Doliente su vate como en Bécquer, y expresándose en una métrica rubeniana: Un amor que de intenso es imposible/ y que al ser imposible es más intenso.

Un largo poema más tardío, con el título que es inversión del de Bécquer, La he visto, y no me ha mirado, es una vuelta al mundo llevada a cabo por Ella, siempre presente en la geografía universal: de continente en continente, de cultura en cultura : La hallé en Gran Bretaña, con traje de tarde,/ luciendo sus galas a la hora del té […] Pasó las estepas del Asia infinita/ que, en música eterna, glosó Borodín;/ llegando al Imperio Celeste, y habita/ soberbio palacio de algún mandarín[…]. La he visto en Melburne; que había en Australia/ con típicos trajes un baile galés.

El 8 de julio de 1919 estrenó en el Teatro Bretón La segadora, con música también suya, llamándola “canción eglógica”. Trasladado su padre a la notaría conquense de Huete, el 21 de agosto de 1919 publicó en el periódico su despedida en prosa, y el 2 de septiembre su Adiós en verso, como los recordatorios, a Segovia el 15 de junio y a Sepúlveda el 6 de julio del año siguiente. Confiesa haber empezado a sentir la poesía en Sepúlveda, haber escrito allí su primer madrigal, y haberle abierto y abrigado “El Adelantado” “los umbrales de la literatura castellana”: Pasé aquí lo más risueño/ de mi vida juvenil, / que en mi correr malagueño/ deslízose como un sueño, / igual que un sueño de abril [….] y doquiera que vaya, iré contigo,/ aunque lejanos derroteros siga. Perdí el pueblo de todo mi cariño, / y lloré de dolor igual que un niño,/ igual que un niño que perdió a su madre.

Hasta su muerte, a punto de cumplir los setenta, Rosendo siguió escribiendo. En los orve años anteriores recopiló sus versos en tres libros, A través del corazón, Emocionario, Fruto en sazón. En sendos prólogos, Alfredo Marqueríe contó que los dos en Madrid escribieron letras para canciones y dieron clase gratuita de declamación en academias de varietés, y Luis Araujo Costa estudió con mucha erudición la que llama su “cartografía amorosa”.

Sus tonos y temas habían sido muy variados desde su salida de la villa. Pero yo creo que su mayor elevación poética fue la de esa etapa juvenil en Sepúlveda y nuestro diario.