Turismo lento en el pueblo del arte y la gastronomía

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Margarita de Frutos guía los pasos de los visitantes a la hermosa localidad segoviana de Sepúlveda, que vive «un verano como los de antes, largo, aunque extraño por las circunstancias»

Sepúlveda es espectacular. La hermosa localidad segoviana, que es historia y belleza, atesora quince iglesias entre la villa y sus pedanías que apenas reúnen a un millar de habitantes. Con este dato demoledor, uno puede imaginarse que el turismo es su vida, con miles de visitantes durante todo el año. Su gastronomía, con el cordero asado como plato estrella, también ayuda a que sus calles empinadas y empedradas se llenen de gente ávida de disfrutar.

Pero su primor no le ha salvado de sufrir, como a todos, la crisis sanitaria que ha derivado en este verano singular. Margarita de Frutos, su técnico de turismo y cultura, sepulvedana de 1981, lo sabe bien. «Ha sido muy triste, raro y duro, como en todas partes, pero fue clave que Sepúlveda se cerró el fin de semana del 13 de marzo; eso nos salvó», explica para lamentar que «aunque hay turismo prácticamente todos los días, la Semana Santa es la mejor época y el pueblo estuvo cerrado». «El 70% de la población vive del turismo por lo que fue una decisión difícil, pero que se ha demostrado acertada y así el virus no nos golpeó como en otros sitios», recuerda.

Pero la vida sigue y Sepúlveda tiene una oportunidad con la temporada estival. «La gente viene incluso para quedarse más tiempo en su segunda residencia y esto permite que vivamos un verano como los de antes, largo, aunque extraño por las circunstancias», afirma y está convencida que «la gente disfruta así mucho más del pueblo, como cuando era niña».

Margarita no para –«no me aburro», bromea– en una ocupación como la suya, en un pueblo como el suyo. «Sacamos lo más bonito del verano, de esos veranos de siempre, y estamos con amigos y familia, seguros, y huimos de la playa, aunque el lobby del turismo de mar es influyente; en el turismo de interior no somos tan poderosos», explica.

Sepúlveda, sin playa, pero con sus paisajes de hoces y barrancos, es un lugar «de turismo slow», describe Margarita, «sobre todo este verano en el que tenemos un turismo familiar, que disfruta más de los sitios, de los paseos, de la bicicleta y, por supuesto, del cordero».

Las opciones más sosegadas se imponen en un pueblo que vive con gran intensidad sus fiestas, muy taurinas. Esta vez no será posible «y lo vamos a echar mucho de menos» lamenta al tiempo que se muestra optimista «porque esta situación nos permite sacar lo mejor del verano y poner en valor la naturaleza privilegiada con la que contamos». Los fueros, los diablillos o los santos toros tendrán que esperar a una mejor ocasión «y nos lo hemos de tomar como si vivierámos un año sabático en el extranjero sin nuestras costumbres y actividades festivas», explica.
Quedarse a vivir

«La gente ahora necesita el pueblo», sentencia Margarita, que sueña con que haya personas que decidan quedarse a vivir en el pueblo «al cambiar el concepto después de lo ocurrido, aunque aquí lo del teletrabajo cuenta con el inconveniente de la lentitud de la tecnología». Turismo lento, trabajo lento, en un paraíso para los amantes del arte, sobre todo del románico con cinco templos en el casco urbano de Sepúlveda, y de la naturaleza, con las cercanas hoces del río Duratón.

«Aquí esperamos con los brazos abiertos», propone Margarita, que nunca deja de trabajar en la 'venta' de su pueblo. «Necesitamos que el verano en su balance final sea bueno, de mucha gente, no sólo por la cuestión económica sino también por lo social y motivacional que supone para los vecinos que nuestras calles estén llenas».

Ilusión no falta en ella y entre sus convecinos «para perder el miedo, que no el respeto al virus». «Espero que la pandemia haya servido de aprendizaje, porque tal vez nos creíamos invencibles y un virus se lo ha cargado todo y ha conseguido detener el mundo».

Y mientras interiorizamos la lección que la circunstancia sanitaria nos ha dado, la histórica Sepúlveda pasa este verano diferente con las piedras de sus iglesias y de sus calles como testigos, en un conjunto que es un privilegio que solo puede otorgar su tradicional fuero.

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